Mirada huidiza

06.12.2017

El día en que tuve que asesinar a mi primera víctima en vuestra presencia supe que había nacido para esto, que llevaba toda la vida reprimiendo mis instintos psicóticos porque me educaron para creer que matar está mal. Pero a mí me calma, me da valor y sé que a vosotros os encanta que lo haga. Por eso nunca me habéis reconocido por ningún otro trabajo, aunque lo haya intentado con mucho esmero durante años y años.

No me quedó otra más que seguir cometiendo crímenes para satisfacer vuestras necesidades. Ya era un clásico entre los asesinos en serie más famosos de la historia, así que para qué iba a hacer otra cosa, aunque la calidad de mis actos cada vez fuera más mediocre, al menos en vuestra presencia.

Sin embargo, cuando no me mirabais, seguía matando, creando crímenes perfectos y lo seguiré haciendo hasta el día de muerte, la cual se acerca. Sé que tengo una enfermedad grave, no sé cuál es, porque me produce terror conocer la verdad. Pero desde hace un tiempo sé que mi final se acerca lentamente, siento cómo mi cuerpo se está consumiendo y que de ninguna de las maneras puedo evitarlo. Ni mis hijos ni mi mujer están al corriente de que me van a perder pronto, para qué preocuparles, ya sufrirán en su momento, no antes. Y puede que mi mujer acabe igual que yo y que la misma enfermedad corra por sus venas. ¿Es este mi castigo por ser quien soy? ¿Por hacer lo que hago?

Por este motivo ya cada vez soy más descuidado con mis asesinatos, me da igual que me pillen, posiblemente antes de ingresar en prisión habré fallecido. Y también por este motivo voy a matar por última vez delante de vosotros, mis queridos admiradores. He leído lo que tengo que hacer y me parece una basura, una broma de mal gusto, un final absurdo para las aventuras que me han hecho popular, pero a fin de cuentas es lo que pedís a gritos y yo me debo a vosotros. Eso sí, os advierto que a vuestras espaldas haré una obra de arte, algo que yo mismo he escrito, y de lo que nunca os enteraréis, al menos mientras yo esté vivo.

Sé que parece típico, pero me convertí en lo que soy por culpa de mi niñez. Los asesinos no nacen, se hacen. Mi padre era un actor medianamente famoso y yo era su único hijo. Durante mis primeros años de vida, apenas pasé tiempo con él, siempre estaba rodando películas en otras ciudades, o actuando en obras de teatro lejos de nuestro hogar. Siempre sentí que me faltaba algo. Por eso tuve que centrar todo mi amor en mi madre. Y ella en mí. Casi éramos uno.

De niño nunca me enteré bien de lo que ocurría, creí que era normal que ella me acariciase en exceso, que me metiera mano, que aliviara así su soledad, bajo las sábanas de la cama que compartíamos mientras mi padre estaba de viaje. Por eso cada vez que él regresaba y mi madre me desatendía, sentía unos celos máximos, como si ella me estuviera siendo infiel. Me pertenecía e íbamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos. Al principio no la culpé, pero sí lo hice con ese señor que para mí era prácticamente un desconocido. Me la arrebataba una y otra vez, destinándome a pasar las noches en aquella minúscula y oscura habitación que no sentía mía.

Cuando crecí lo vi todo desde otra perspectiva, no creo que mi padre fuera un mal hombre, pero yo le odiaba entonces. Ni siquiera los regalos que me traía de sus viajes, ni sus abrazos y cariño me hacían cambiar de opinión. Él siempre creyó que era por sus ausencias, pero nunca fue consciente de que me estaba robando a mi madre. No la deseaba sexualmente, era muy pequeño y no entendía de esas cosas, pero era de mi propiedad, y eso nunca lo quiso entender.

Un día, cuando yo solo tenía cinco años, les oí hablar de mí, él le dijo a mí madre que me mimaba demasiado, que en el próximo viaje me iba a llevar con él para que pasáramos más tiempo juntos y conseguir una relación normal conmigo. Con todas mis fuerzas deseé que se muriera y nos dejara en paz para siempre. Un par de horas después murió de un ataque al corazón. Todos lloraron menos yo.

A medida que fui creciendo y que mi madre estaba cada vez más unida a mí, empecé a sentirme culpable por lo ocurrido a mi padre. Ella me empezó a dar asco cada vez que metía la mano bajo mis calzoncillos, ya sabía que algo iba mal y que ella podría estar enferma. Recordé por qué a mi padre le dio un ataque al corazón, no fue porque lo deseara, sino porque le envenené. Y me arrepentí porque a lo mejor él hubiese sido mi salvación y habría conseguido alejarme de ella, esa mujer a la que tuve que temer hasta que me casé con mi esposa a los 41 años, aunque yo fuera homosexual, pero era la única manera de escapar de las garras de esa anciana pervertida. Me habría encantado envenenarla también a ella, pero habría sido demasiado evidente.

Así que tuve que empezar a asesinar a desconocidos para paliar mi ansia. La mayoría de ellos, amantes masculinos que posiblemente abrieran la boca y se intentaran sacar algo de pasta a mi costa. Siempre me aliviaba durante una temporada, pero esa sensación de paz interna no duraba demasiado y pronto me envolvían las ganas de liquidar a otra persona, siempre con un estudiado plan para no ser descubierto. Muchas veces encontraron los cuerpos, pero nunca me relacionaron con ellos, ni siquiera identificaron que eran asesinatos en serie, porque cada uno era diferente, a unos les estrangulé, a otros les despedazaba, también les acuchillaba, diseccionaba y les lapidaba. Y es que me encanta ser creativo.

Decidí seguir los pasos de mi padre, como homenaje, y cuando me ofrecieron el papel que me hizo famoso no me lo podía creer, ¿acaso sospechaban algo? No, supongo que fue el destino. No me costó nada interpretar al personaje. Todos decían que me merecía un Oscar, pero ni siquiera me nominaron. Eso sí, conseguí hacer dos secuelas y ahora mismo estoy a punto de filmar una más, la peor de todas, sin dudas. Aunque ya os lo he dicho, lo hago por vosotros, lo hago porque me muero, lo hago porque ya todo me da igual.

De hecho, no sé si será por las drogas, por la cantidad de alcohol que bebo desde por la mañana temprano, o por mi enfermedad mental, pero ha llegado un punto en mi vida en que no sé si soy Norman o Anthony Perkings, bajo los dos reside el mismo monstruo y dado que la última película que rodaré para siempre será Psicosis IV, supongo que prefiero morir creyendo que soy el recepcionista del Motel Bates.

Al menos a él le recordaréis.