Hadas

06.12.2017

Acababa de llegar la estación de la primavera, y como cada año regresé a la Sierra de los Leones a pasar unos días en mi pequeña propiedad en plena montaña. Ese sitio me fascinaba desde que tenía doce años, cuando mi abuela me regaló un libro sobre los duendes y las hadas. Lo leí una y otra vez, me sabía sus páginas de memoria, sus ilustraciones, sus poemas, y por supuesto, un mapa en el que describía todos y cada uno de los lugares donde habitaban estos maravillosos seres. El libro era inglés, y me sorprendió mucho leer que en España había un lugar donde seguían existiendo las hadas, la Sierra de los Leones. Nunca conseguí que mis padres me llevasen, así que cuando conseguí mi independencia económica me compré allí una casita en la ladera de una montaña, un sitio muy parecido al dibujo del libro, con el mismo lago verde y los cientos de pinos detrás. Aquella mañana de sábado me dirigí junto a mi libro hacia el lago para mirar por entre los arbustos y debajo de las piedras a ver si conseguía encontrar una hada. Llevaba ya más de diez años buscándolas y nunca había encontrado ninguna, a veces creí que sí que lo había conseguido, pero al final sólo eran vanales espejismos que se desvanecían junto a mis esperanzas. Después de cada decepción huía hacia la ciudad y lloraba desconsoladamente en mi cama durante días. ¿Cuándo encontraría una hada?. Alguien me dio la respuesta cuando estaba tumbado junto a la orilla del río. Una dulce voz me despertó de mi sueño. - ¿Crees en las hadas? Encima de mí había una preciosa chica y por el efecto del sol a su espalda me pareció ver un par de finas alas transparentes, como las de los insectos. Me froté bien los ojos y desaparecieron. Me incorporé. Sí que era bella, morena de pelo largo, con ojos verdes y una preciosa figura. - Me gusta que la gente crea en nosotras. No me podía creer lo que me estaba diciendo. Las lágrimas se me escaparon de los ojos, por fin había encontrado lo que tanto ansiaba encontrar. Había leído en el libro que algunas hadas, al ser inmortales, se cansaban de ser confundidas con otros seres del bosque y tomaban forma humana. Pero nunca pensé que cogerían una forma tan hermosa. - ¿De verdad eres una hada? - Claro que sí, juega conmigo y así conseguirás la inmortalidad para que podamos estar siempre juntos. Este se parecía mucho al sueño que tenía todas las noches desde los doce años, yo corriendo junto a un hada, dándonos la mano, acariciándonos el cabello. Su sonrisa me enamoraba cada vez más, quería estar junto a ella el resto de la eternidad. Nos bañamos en el lago, el agua estaba muy fría pero no importaba, para nosotros dos ardía. Me besó en los labios. Ahí comprendí que ella también me amaba. Volvimos a la orilla e hicimos el amor. Ella me agarraba con fuerza y gritaba de placer, más bien, lloraba de placer. Fue la experiencia más satisfactoria de mi vida. Al terminar me decidí a pedirle matrimonio pero ella no contestaba. Me extrañó porque me miraba asustada. Igual me había precipitado. Le pedí disculpas, pero seguía mirándome de la misma forma. Noté como un líquido caliente recorría mis piernas, aún en el suelo. Bajé la mirada y me estremecí al ver que debajo de nuestros cuerpos había un charco de sangre. Lloré como otras veces. Me había engañado, me habían vuelto a engañar, no era inmortal, no era una hada, era humana de verdad. Dejé su cuerpo donde estaba y huí de nuevo a la ciudad. Todavía no he podido superar el trauma y sigo internado. Mucha gente habla de mí. Nunca pensé que mi historia se haría tan famosa, la han relatado en los periódicos y en la televisión. Decían que por fin me habían cogido, al loco de la Sierra de los Leones. Yo no di más explicación que la que le di al juez, las hadas son inmortales por eso no le doy importancia al creer que en su apariencia humana sólo tienen siete años.